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© alonso y marful, opus nigrum, 2014 (in progress)

la vida secreta de una artista 12 / estuche de vida y muerte

Cuando éramos niñas la palabra “estuche” estaba habitada por un cielo de plomo con ramalazos verdes que habíamos conseguido arrancar al estupor mineral de los lápices Alpino, por anillos que dotaban a su dueña de un extraño poder, por relojes parados y por fotografías de color sepia. Más tarde descubrimos que había estuches metafóricos y que toda vida es, como alguna vez defendió Susan Sontag, un estuche de muerte.  No hay ni un solo gran autor cuya obra no esté atravesada por el vértigo de lo efímero y la de Susan Sontag no es una excepción.  En Estuche de muerte, una novela de regusto kafkiano que fue recibida por buena parte de la crítica como un tostón experimental pretencioso hasta la náusea, Sontag cuenta la historia de Diddy, un suicida sin éxito que, incapaz de “fluir” con la vida, como mandan los cánones de la levedad, se ve condenado a habitarla. A propósito de Death kit, editada por primera vez en 1967,  la crítica ha insistido, no pocas veces, en los efectos  de escala que ponen en relación la vida individual con la vida de la especie, un tema que Borges consiguió reducir hasta sacar brillo al hueso. Toda vida, y, por lo tanto, toda muerte -este es uno de los argumentos de Sontag-, es como una cajita perdida en una cadena de montaje en la que cada pequeño contenedor se cree el más singular del mundo, o como un grabado que reprodujera, con variaciones mínimas,  la plantilla grabada sobre una piedra de litografía.  La relación entre el individuo y la especie, o, yendo un paso más allá, entre el fenómeno y la Idea, es uno de las matrices de la imaginación borgiana.  En El ruiseñor de Keats, el argentino de la eterna sonrisa nos traslada a una noche de 1819 en la que "un poeta tísico, pobre y acaso infortunado en amor, (…) oyó el eterno ruiseñor de Ovidio y de Shakespeare y sintió su propia mortalidad y la contrastó con la tenue voz imperecedera del invisible pájaro." John Keats, “el hombre circunstancial y mortal”, dedica su oda a ese canto “que no huellan las hambrientas generaciones” y que es, en esencia, el mismo que “en campos de Israel, una antigua tarde, oyó Ruth la moabita.”
 

de la serie estados de subjetivación / contenedor I © alonso y marful

Probablemente en el estuche de un solo individuo sea posible contemplar el patrón de la especie, como probablemente en el estuche de una sola especie, si aguzamos la vista, podemos contemplar el patrón que subyace a la naturaleza de todo animal. Imposible conjeturar si en el estuche del universo se reiteran los tiempos y las estancias hasta componer una inmensa biblioteca cuya profusión de escrituras se replica, indolente, sobre la piel de los jaguares,  jugando a reflejarse en cópulas y espejos y haciendo de cada vida el minúsculo estuche de una auténtica exposición universal. Los antiguos creían que todo lo de arriba se mira en lo de abajo y nada nos cuesta imaginar a Borges ofreciendo su mano libre, la otra ocupada sobre el bastón, a un Schopenhauer que reinventa su voluntad en el arquetipo de Jung mientras un Roland Barthes amigo del regateo y de la diferencia nos recuerda que la analogía no es más que uno de los demonios con que nos asedia la madurez. Contra el platonismo de la fórmula siempre podemos recurrir a la observación meticulosa de aquello que nos distingue y hasta perdernos, como hace Steiner en una de las páginas más bellas que hemos leído, en el milagro caudaloso de la multiplicidad.

"Crecí poseído por la intuición de lo particular, de una diversidad tan numerosa que ningún trabajo de clasificación y enumeración podría agotar. Cada hoja difería de todas las demás en cada árbol (salí corriendo en pleno diluvio para cerciorarme de tan elemental y milagrosa verdad). Cada brizna de hierba, cada guijarro en la orilla del lago eran, para siempre, "exactamente así". Ninguna medición repetida, hasta la calibrada con mayor precisión y realizada en un vacío controlado, podría ser exactamente la misma. Acabaría desviándose por una trillonésima de pulgada, por un nanosegundo, por el grosor de un pelo ‑rebosante de inmensidad en sí mismo‑, de cualquier medición anterior. Me senté en la cama intentando controlar mi respiración, consciente de que la siguiente exhalación señalaría un nuevo comienzo, de que la inhalación anterior era ya irrecuperable en su secuencia diferencial. ¿Intuí que no podía existir un facsímil perfecto de nada, que la misma palabra, pronunciada dos veces, incluso repetida a la velocidad del rayo, no era ni podía ser la misma? (Mucho más tarde aprendería que esta ausencia de repetición había preocupado tanto a Heráclito como a Kierkegaard)."

Pensamos en cajas y se nos vienen a la cabeza cosas como estas, palabras que van tejiendo puentes de papel el entre el mar y la ola y que, en tardes como esta, sonríen ante la ocurrencia de Ciorán cuando dice que “"Si las olas se pusieran a reflexionar, creerían que avanzan, que tienen un meta, que progresan, que trabajan para el bien del mar, y no dejarían de elaborar una filosofía tan boba como su celo". 

Ponemos los pies a navegar en las primeras olas de la primavera y nos sumergimos un año más en la rutina indemne de las estaciones.  Al fin y al cabo, nos hemos pasado otra semana lijando madera y amueblando la primera caja de una serie que hemos decidido bautizar con un genérico rimbombante: “estados de subjetivación”. En realidad, deberíamos llamarlos “estados del alma”, pero, después de aliñar el regateo con una copa de cava helado, hemos optado por ponernos terrenales. Nada más terrenal, al fin, que la caricia del sol sobre la piel de mayo y este olor a algas que nos emborracha el cuerpo y arrastra hasta nosotras la historia repetida de la misma mujer mil veces replicada en cada costa y en cada ulyses, como si una sola historia de amor contuviera la esencia de todos los amores y como si cada voluta pintada sobre un friso fuera la sombra de una voluta inteligible que lucha por revelarse sin conseguir otra cosa que proyectar otra sombra sobre el estuche de nuestra caverna.

Nos preguntamos si esa esfera que flota sobre el mar en la primera de nuestras cajas contiene algo de ese resplandor metafísico que ilumina, prácticamente sin variaciones, las esferas a que se refieren Hermes Trimegisto,  Empédocles, Blaise Pascal o Giordano Bruno. Borges estudió con detenimiento la metáfora de la esfera y concluyó que “el espacio absoluto que había sido una liberación para Bruno, fue un laberinto y un abismo para Pascal. Éste aborrecía el universo y hubiera querido adorar a Dios, pero Dios, para él, era menos real que el aborrecido universo. Deploró que no hablara el firmamento, comparó nuestra vida con la de náufragos en una isla desierta. Sintió el peso incesante del mundo físico, sintió vértigo, miedo y soledad, y los puso en otras palabras: "La naturaleza es una esfera infinita, cuyo centro está en todas partes y la circunferencia en ninguna."

de la serie estados de subjetivación / contenedor I © alonso y marful

No es la primera vez que inventamos una esfera suspendida sobre el mar.  La esfera es, de hecho, el símbolo en torno al que desarrollamos nuestro proyecto Metáforas del centro. Hoy volvemos a ella para encerrarla en un estuche que contiene, además, tal como se detalla en una de sus hojas: “una cita, palabras, una manta roja (memoria del calor y de la soledad) y 0,059 metros cúbicos de aire”.  Encerrar este centro metafórico en un estuche de 60x60, meticulosamente pulido y mimado hasta compartir con él una emoción muy parecida a la intimidad, es un gesto que, en tardes como esta, no nos parece gratuito. Una caja es un recinto amurallado que se recoge sobre sí mismo. Es, también, un axis mundi. Una escala de Jacob. Por la escalera negra de esta caja hemos descendido a los estuches de vida y muerte de Sontag o Borges, ambos convictos, cada uno a su modo, de una filosofía portátil que ha querido ver la historia de la especie, o la del universo, contenidos en la cifra milagrosa de cada existencia individual.

Nadie sabrá nunca si cada niño que atesora un estuche encierra en él una imagen de sí mismo que se proyecta, ampliada, sobre el espejo velado donde se miran todos los hombres. Ni si esa imagen no es más que un retorno a la madre que recupera, con el lenguaje universal del símbolo, la calma oceánica de la fusión primigenia. Nunca sabremos qué hilo movió el corazón de Duchamp cuando construyó sus cajitas con museos portátiles. Tal vez, sin saberlo a ciencia cierta, cada vez que construimos un estuche estamos interponiendo un caparazón protector contra el miedo, el vértigo y la soledad. Algo así dicen los versos que contiene nuestra caja. Pero no vamos a reescribirlos aquí porque toda caja es un misterio y toda revelación una búsqueda que se repite, prácticamente sin variaciones, en todas y cada una de nuestras búsquedas, pero en la que queremos dejar nuestro sello porque, en el fondo, somos tan tontos como las olas de Ciorán.

© alonso y marful

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